domingo, 22 de enero de 2012

Semana III: Strasbourg (Estrasburgo)

..

El primer viaje(cito) tuvo para éste, nuestro grupo de argentinos, la particularidad de que no estaban tan definidos los sub-grupos en los que luego nos dividiríamos.

El curso obligatorio de alemán no nos dejaba mucho tiempo de lunes a viernes, así que ese sábado, temprano a la mañana, quedamos todos, los trece (Flor todavía no había llegado) en encontrarnos en la estación central de trenes.

Strasbourg surgió casi sin que nadie lo discutiera, casi como un concenso, al punto que ni recuerdo quien la propuso primero, porque era bien sabido por todos nosotros que esta era LA ciudad pintorezca del lado francés y bien cerca de Karlsruhe que se podía visitar en un día y volver.

Tras un par de horas de tren llegamos no a Strasbourg en sí, sino a la ciudad alemana de enfrente. Son dos ciudades separadas nada más por un puente sobre el rio que sirve de frontera entre Alemania y Francia.

En realidad con los tickets que sacamos, el tren nos llevaba hasta el lado alemán y de ahí podíamos cruzar por un euro en colectivo. Pero por un error táctico (tres pelotudos se mandaron a caminar adelante), en vez de tomar el cole caminamos casi 5 kilometros hasta el centro de la ciudad. Desinteligencias por demás irritantes que son consecuencia de manejarse en un grupo tan numeroso, cosa que por suerte no fue costumbre por mucho tiempo.

Aunque a las puteadas, sabiendo que estaba gastando las energías que más tarde iba a necesitar para recorrer la parte interesante de la ciudad, me quedé rápidamente atrás de todo el grupo, cosa que es obvia ahora, tras mucho caminar ciudades y comprobar que soy bastante lento caminando, aunque lo compenso con un constante escaneo de mi alrededor y una gran búsqueda de detalles de calles, tal vez sin sentido para el turista promedio o para mis compañeros, pero que para mi siempre entregan algo interesante ("ah, mirá como es la numeración de las casas acá" - boludeces).

Atrás de todo, como decía, y con mi auriculares, tranquilo, tuvo tiempo para flashearla. Escuchando Artic Monkeys, en bermudas, crucé una frontera caminando. Uno se entera de que está entrando a Francia solamente porque un cartel en la ruta lo indica. No es joda, ni algo simbólico. Estos países se estuvieron cagando a tiros durante la mayoría de sus historias y hoy tienen las fronteras así de abiertas. No me quedó otra que sorprenderme de que no haya ningún oficial ni empleado de ninguna fuerza ni ministerio público de ninguno de los dos lados. Mi primer frontera tranquila en lo que iba del viaje.

El tema de las fronteras me seguía llamando la atención, por todo lo que implica y por lo que obvia que puede resultar la ideología, la política y la idiosincracia solo por la manera en la que cada lugar gestiona sus límites. Las aduanas a estas alturas me parecían ya casi como un puestito de souvenir cultural.

Así que ahí estaba yo, cruzando la frontera a pie, sin ningún cana a la vista. Si yo estaba entrando con unos kilos de cocaína en el bolso del mate o no ya no dependía de la policía de frontera francesa, sino de aquel forro alemán que dudaba de mi visa de estudiante el día que llegué al aeropuerto en Frankfurt. Vaya confianza inter-nacional.

Llegando al centro de la ciudad, Laura y yo nos quedamos definitivamente lejos del pelotón, al que ya ni tenía intención de alcanzar. Aprovechamos que ya se nos habían perdido de vista para sentarnos a la orilla de otro canal, abajo de otro puente que estaba muy pitucamente decorado con flores en sus macetas. Ahí aprovechamos para regalarle a los cisnes que nadaban un paquete entero de unas tostadas sin sal que mal-compramos en el supermercado. Ya perdí la cuenta de cuanta comida tuvimos que tirar por no entender lo que decía el paquete las primeras semanas.

En un ratito y con menos de 500 gramos de galletitas logré juntar casi casi 30 cisnes alrededor mío. Los bichos se peleaban por los pedacitos de galletitas, se picoteaban, se empujaban para ganar los mejores lugares cerca de su proveedor de comida chaqueño.

Nos llamó la atención lo blanco del todo su plumaje, salvo el de sus cuelos, que estaba claramente sucio, como con tierra. Después nos dimos cuenta que los cisnes se acicalan a si mismo las plumas de todo el cuerpo, las alas y el lomo, en un elegante giro de 180° de sus largos cogotes pero, claro, no llegan a limpiarse el cuello en sí mismo. Y aunque muy lindos, no son lo suficiente solidarios ni para limpiarse las plumas entre ellos ni para compartir las tostadas sin sal. Ironías de la madre natura.

Lau fue a la única que logré convencer de pagar 15 euros para alquilar una bici para todo el día, además de unos temerarios 150 euros de seguro, que te devolvían en caso de que la bici vuelva entera.

Fue todo un acierto por que la ciudad era para recorrerla entera.

La primer parte en la que desembocamos era el casco antiguo, con una catedral antiquísima alrededor de la cual se desplagaba una plaza de adoquines rodeada de bares y restoranes.

En frente de los comenzales de uno de los restoranes, un grupo tocaba algo que apenas podría definir como jazz-gitano, musica alegre con contrabajo, guitarra, acordeones. Hermoso sencillamente.

El río cruza la ciudad de lado a lado, y el río se divide después en infinidad de canales, lo que obligo a construir decenas de puentes, que hacen todos juntos el esfuerzo para que Estrasburgo sea más linda en cada esquina.

Las hojas se caían ya de la mayoría de los árboles y se empezaba a nublar, asi que siguiendo el río como referencia pedaleamos un buen rato por su costanerita, cruzandonos con otras iglesias menores, menos viejas, pero también muy bonitas, monumentos con pasto verde fosforescente y algunas casonas antiguas muy bien conservadas con alguna banderita francesa flameando. De cuento.

Tras una media hora llegamos a adonde el rio se ensanchaba, justo enfrente del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, que ahora wikipedeando me entero que tiene su cede principal allí en Estrasburgo.

No se si los urbanistas lo pensaron exactamente así, o tal vez fue solo el azar del recorrido que decidimos hacer, pero fue gratificante ver como de una punta a la otra de un río se podía ver de lo más lindo de la arquitectura clásica de un lado y lo más vidriado y geométrico (y no por eso menos atrapante) de la arquitectura moderna en la otra punta.

No lo pudimos recorrer mucho porque se largo una hermosa tormenta, con un viento casi huracanado y nos dio miedo de no devolver las bicicletas a tiempo para reencontrarnos con la gente y tomarnos el último colectivo que nos permitía hacer conexión con el último tren de la noche que nos traería de vuelta a Karlsruhe.

Para variar, estabamos haablando a los gritos mientras esperábamos un tranvía. Una mujer argentina de unos 30 y chirolas nos escuchó. Estaba con su nenita esperando el mismo tram. Nos contó como siguiendo un amor apasionado terminó en ese rinconcito pintorezco de Francia, donde mandar a su hija al mismo colegio que muchos de los diplomáticos y juristas mas prestigiosos de la ONU es moneda corriente.

También se haría moneda corriente eso: Encontrarnos argentinos casi casi en cualquier rincón de Europa adonde apuntábamos el tren, sin importar que tan chiquito fuera.

..

viernes, 6 de enero de 2012

El Wohnheim (hee? ¿Qué es un Wohnheim?)

..

La traducción más gráfica que uso siempre para explicar donde vivo es "residencia de estudiantes", pero acá en Alemania "residencia" dice poco y nada.

Más apropiado tal vez, aunque suena un poco más glamouroso de lo que en realidad es, sería "piso compartido", pero por ahí más o menos viene la mano.

Más bien lo describo: vivo en un complejo para estudiantes, de los varios que hay en la ciudad. El mio, tiene un par de manzanas de predio, sin rejas ni portones, entre pasto y arboles (pinos, manzaneros, ninguno muy petizo), se levantan cinco edificios (K1, K2..). Cada edificio separado del otro por una buena porción de pasto, conectados todos por senderos de adoquines. Las construcciones, de seis pisos como máximo, se dividen en tres alas en cada piso (Ala A, B, C). Cada ala es lo que se denomina "pasillo" o "piso".

En cada ala hay más o menos quince habitaciones, una por estudiante, y entre los quince se comparte un baño con dos duchas, tres toilettes, y una cocina grande con dos cocinas (hornallas) en general, una mesa mediana, y sillones, en semejanza a una sala de estar (pero dentro de la cocina-comedor-living).

No hay que ser ingeniero para hacer las cuentas: en mi Wohnheim (WH) viven casi 2.000 estudiantes.

Cada edificio tiene un "portero" (Hausmeister), que es al que tenes que avisarle si te chorrea la batea (porque cada pieza tiene un banitori) o la calefacción de la pieza te dejó en banda. Aunque nunca me pasó: el complejo casi cuarenta años, pero la política arquitectónica alemana de construir todo bien robusto y hacer un buen mantenimiento preventivo hace que todo funcione más que decentemente.

Entré a mi piso y a mi pieza guiado por el ayudante del Hausmeister el primer dia y la primer impresión fue: Esto va a ser imposible. Parece demasiada gente metida en un solo lugar. No me era difícil imaginarme haciendo guardia al lado de un toilette esperando para hacer lo mío justo después que un alemansucho dejaba el olor a lo suyo.

No termino de entender como, pero cuatro meses después les puedo decir que si funciona.

A los latinos nos ayuda mucho tener el horario trastocado en comparación con los locales, que cenan más temprano y en general no meriendan. Eso, sumado a que algunos se bañan de mañana, otros de madrugada, y mucho se bañan poco, hacen a que nunca haya tenido que esperar ni para el baño ni para la cocina.


Los pibes que viven hace más tiempo y que ya están embebidos de los bericuetos administrativos, se enorgullecen en explicarte que el Wohnheim es una gran democracia: Cada piso tiene un "Flürsprecher" (la traducción sería "la voz del piso"), después cada edificio tiene su Asamblea y todo el complejo junto tiene un Congreso (a mi también me parece que se pasaron con el nombre) donde se discuten los temas y gastos comunes.

En realidad el WH está administrado por la facultad, que pone unas cuantas reglas importantes que no se pueden infringir (una democracia parlamentaria limitada, diría yo). Por ejemplo, en cada piso tiene que haber un mínimo de 60% de alemanes. Tal vez a ustedes como a mi les parezca, como mínimo, discriminación; pero cuando uno empieza a ver los quilombos por los que tienen que pasar los estudiantes para conseguir un lugar (ya sean alemanes o extranjeros), no sé si los culparía tanto.

Nosotros, suertudos sudacas, tuvimos suerte en que por nuestro tipo de beca, la facultad se encargaba de conseguirnos lugar.

A los catorce argentinos nos distribuyeron entre cuatro WHs por toda la ciudad.

Así como decía antes que de entre las ciudades en Alemania que me podían tocar, la mía, Karlsruhe, tiene una cierta popularidad y muchos de los becarios argentinos quieren venir acá, a su vez, dentro de Karlsruhe, este WH, que se llama Hadyko, es también el más popular.

Primero, obviamente, por lo grande, y segundo porque hacen un buen esfuerzo por hacerlo festivo.

Cada edificio tiene en el sótano un bar y a su vez cada bar tiene un atractivo distinto. A saber, en el mio (K3), los miércoles se pasan películas en pantalla gigante; el K2 tiene mesa de billar y sirven papafritas los martes; el K1 tiene mesa de ping-pong y una bola de boliche bien grande.

Cuando me tocó la ciudad popular y el WH popular pensé que no podía tener más orto. Como siempre, las expectativas superan la realidad, o, en realidad, esto es la Panacea pero para cierto tipo de gente: cada sótano-bar se turna y abren uno cada dia de la semana. Eso, sumado a los 2 mil estudiantes en menos de cien metros a la redonda tendría que bastar para que haya joda a diario. Pero nada más lejano a la realidad, como ya dije antes, la onda es ir a sentarse a tomar una cerveza y charlar, en una proporción que en cada ronda siempre es de una mujer cada cinco o seis mujeres (ciudadconfacultaddeingeniería).

Lo que si esta bueno son las fiestas de cada edificio, que se hacen dos veces al año para cada edificio. Es todo un revuelo y de la parte del sótano que sirve como estacionamiento de bicis se sacan todos los rodados. Cada piso vende algo (hamburguesas, distintos tragos) y asiste muchísima más gente que cualquier día entre semana. Cuando fue la de mi edificio, con los de mi piso vendíamos Malibú con Maracujá, pero salimos perdiendo por que nos tomamos más de lo que vendimos.


Una enorme parte de como la pasas en la estadía en esta beca depende de quienes son los quince que comparten el piso con vos.

El staff de mi piso se compone de un rusito (Maxim), un indú (Pruhtvi), un camerunés (Roland), un marroquí (Adil), un griego (Petro) y nueve alemanes (ocho varones y una chica). De todos los alemanes, que vienen de varias partes del país, con los únicos dos que tengo buen trato y soy bastante amigo es con Jonas y Manuel. El resto si no le hace falta, no te habla. Te preguntan algo, ponen la tele más bajo si se lo pedís y no mucho más. Es una constante, al menos en la mayoría de los pisos de los demás chicos, lo de la sequedad alemana.

El resto, "El Ghetto Tercermundista", como lo bauticé, es una masa.

Hoy al mediodía, sin ir más lejos, mientras almorzábamos (cada uno lo que se había cocinado), charlábamos con Adil, Pruhtvi y Manuel sobre como era la Navidad y el dia sacro (domingo o viernes, según vengas de un pais católico o musulmán respectivamente) en el país de cada uno.

Después que cada uno se lavó su propio plato, me quedé tomando un café con Pruhtvi, que me contó que estaba bajoneado porque está enredado en una pelea con su familia y la familia de su novia (que también es indú) porque son de castas distintas. Y me explicaba un poco más del sistema de castas en India, que viene de hace 5 mil años, pasando de padre a hijo, y que define en gran parte las costumbres de cada familia, su idioma (dialecto dentro del idioma indú) y que en general determina con que gente te podés casar y con cual no.

Ya había leído un poco de eso y otros temas de la India de los que a menudo hablamos, así como con los demás (que sospecho casi con seguridad, no conocen casi nada de Argentina), pero una charla de media hora con una persona te puede pintar el panorama de un lugar tan lejano de una manera tan rápida, tan clara y tan íntima, que no me queda otra que maravillarme de eso, no tanto de los lugares que se conoce viajando, sino de la gente, de lo que dice, de lo similar que pensamos todos, de lo lejos que estamos, del collage de gente que es el mundito.



Pero como decía más antes, llegamos el primer día los ocho argentinos que vivimos acá, y a cada uno nos tocó un edificio diferente, en pisos diferentes. El ayudante del Hausmeister me acompañó hasta mi pieza, me mostró lo básico y se fue.


Quedé, por fin, solo en mi pieza, cuatro paredes blancas, una mesa de luz, una repisa blanca, un escritorio blanco, una cama con sabanas blancas, una alfombra gris, todavía sin computadora, y menos con internet, con un celular argentino que no agarraba ni media raya de ninguna señal de ninguna antena.. y no me quedó otra que tirarme a mirar el techo y putear entre dientes:

La concha de su madre, estoy en San Orto.

No me pasó en el aeropuerto cuando despedí a mi familia, no me pasó cuando despegó el avión, no me pasó cuando aterricé.. me pasó en esta piecita: Me cayó la ficha.