El primer viaje(cito) tuvo para éste, nuestro grupo de argentinos, la particularidad de que no estaban tan definidos los sub-grupos en los que luego nos dividiríamos.
El curso obligatorio de alemán no nos dejaba mucho tiempo de lunes a viernes, así que ese sábado, temprano a la mañana, quedamos todos, los trece (Flor todavía no había llegado) en encontrarnos en la estación central de trenes.
Strasbourg surgió casi sin que nadie lo discutiera, casi como un concenso, al punto que ni recuerdo quien la propuso primero, porque era bien sabido por todos nosotros que esta era LA ciudad pintorezca del lado francés y bien cerca de Karlsruhe que se podía visitar en un día y volver.
Tras un par de horas de tren llegamos no a Strasbourg en sí, sino a la ciudad alemana de enfrente. Son dos ciudades separadas nada más por un puente sobre el rio que sirve de frontera entre Alemania y Francia.
En realidad con los tickets que sacamos, el tren nos llevaba hasta el lado alemán y de ahí podíamos cruzar por un euro en colectivo. Pero por un error táctico (tres pelotudos se mandaron a caminar adelante), en vez de tomar el cole caminamos casi 5 kilometros hasta el centro de la ciudad. Desinteligencias por demás irritantes que son consecuencia de manejarse en un grupo tan numeroso, cosa que por suerte no fue costumbre por mucho tiempo.
Aunque a las puteadas, sabiendo que estaba gastando las energías que más tarde iba a necesitar para recorrer la parte interesante de la ciudad, me quedé rápidamente atrás de todo el grupo, cosa que es obvia ahora, tras mucho caminar ciudades y comprobar que soy bastante lento caminando, aunque lo compenso con un constante escaneo de mi alrededor y una gran búsqueda de detalles de calles, tal vez sin sentido para el turista promedio o para mis compañeros, pero que para mi siempre entregan algo interesante ("ah, mirá como es la numeración de las casas acá" - boludeces).
Atrás de todo, como decía, y con mi auriculares, tranquilo, tuvo tiempo para flashearla. Escuchando Artic Monkeys, en bermudas, crucé una frontera caminando. Uno se entera de que está entrando a Francia solamente porque un cartel en la ruta lo indica. No es joda, ni algo simbólico. Estos países se estuvieron cagando a tiros durante la mayoría de sus historias y hoy tienen las fronteras así de abiertas. No me quedó otra que sorprenderme de que no haya ningún oficial ni empleado de ninguna fuerza ni ministerio público de ninguno de los dos lados. Mi primer frontera tranquila en lo que iba del viaje.
El tema de las fronteras me seguía llamando la atención, por todo lo que implica y por lo que obvia que puede resultar la ideología, la política y la idiosincracia solo por la manera en la que cada lugar gestiona sus límites. Las aduanas a estas alturas me parecían ya casi como un puestito de souvenir cultural.
Así que ahí estaba yo, cruzando la frontera a pie, sin ningún cana a la vista. Si yo estaba entrando con unos kilos de cocaína en el bolso del mate o no ya no dependía de la policía de frontera francesa, sino de aquel forro alemán que dudaba de mi visa de estudiante el día que llegué al aeropuerto en Frankfurt. Vaya confianza inter-nacional.
Llegando al centro de la ciudad, Laura y yo nos quedamos definitivamente lejos del pelotón, al que ya ni tenía intención de alcanzar. Aprovechamos que ya se nos habían perdido de vista para sentarnos a la orilla de otro canal, abajo de otro puente que estaba muy pitucamente decorado con flores en sus macetas. Ahí aprovechamos para regalarle a los cisnes que nadaban un paquete entero de unas tostadas sin sal que mal-compramos en el supermercado. Ya perdí la cuenta de cuanta comida tuvimos que tirar por no entender lo que decía el paquete las primeras semanas.
En un ratito y con menos de 500 gramos de galletitas logré juntar casi casi 30 cisnes alrededor mío. Los bichos se peleaban por los pedacitos de galletitas, se picoteaban, se empujaban para ganar los mejores lugares cerca de su proveedor de comida chaqueño.
Nos llamó la atención lo blanco del todo su plumaje, salvo el de sus cuelos, que estaba claramente sucio, como con tierra. Después nos dimos cuenta que los cisnes se acicalan a si mismo las plumas de todo el cuerpo, las alas y el lomo, en un elegante giro de 180° de sus largos cogotes pero, claro, no llegan a limpiarse el cuello en sí mismo. Y aunque muy lindos, no son lo suficiente solidarios ni para limpiarse las plumas entre ellos ni para compartir las tostadas sin sal. Ironías de la madre natura.
Lau fue a la única que logré convencer de pagar 15 euros para alquilar una bici para todo el día, además de unos temerarios 150 euros de seguro, que te devolvían en caso de que la bici vuelva entera.
Fue todo un acierto por que la ciudad era para recorrerla entera.
La primer parte en la que desembocamos era el casco antiguo, con una catedral antiquísima alrededor de la cual se desplagaba una plaza de adoquines rodeada de bares y restoranes.
En frente de los comenzales de uno de los restoranes, un grupo tocaba algo que apenas podría definir como jazz-gitano, musica alegre con contrabajo, guitarra, acordeones. Hermoso sencillamente.
El río cruza la ciudad de lado a lado, y el río se divide después en infinidad de canales, lo que obligo a construir decenas de puentes, que hacen todos juntos el esfuerzo para que Estrasburgo sea más linda en cada esquina.
Las hojas se caían ya de la mayoría de los árboles y se empezaba a nublar, asi que siguiendo el río como referencia pedaleamos un buen rato por su costanerita, cruzandonos con otras iglesias menores, menos viejas, pero también muy bonitas, monumentos con pasto verde fosforescente y algunas casonas antiguas muy bien conservadas con alguna banderita francesa flameando. De cuento.
Tras una media hora llegamos a adonde el rio se ensanchaba, justo enfrente del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, que ahora wikipedeando me entero que tiene su cede principal allí en Estrasburgo.
No se si los urbanistas lo pensaron exactamente así, o tal vez fue solo el azar del recorrido que decidimos hacer, pero fue gratificante ver como de una punta a la otra de un río se podía ver de lo más lindo de la arquitectura clásica de un lado y lo más vidriado y geométrico (y no por eso menos atrapante) de la arquitectura moderna en la otra punta.
No lo pudimos recorrer mucho porque se largo una hermosa tormenta, con un viento casi huracanado y nos dio miedo de no devolver las bicicletas a tiempo para reencontrarnos con la gente y tomarnos el último colectivo que nos permitía hacer conexión con el último tren de la noche que nos traería de vuelta a Karlsruhe.
Para variar, estabamos haablando a los gritos mientras esperábamos un tranvía. Una mujer argentina de unos 30 y chirolas nos escuchó. Estaba con su nenita esperando el mismo tram. Nos contó como siguiendo un amor apasionado terminó en ese rinconcito pintorezco de Francia, donde mandar a su hija al mismo colegio que muchos de los diplomáticos y juristas mas prestigiosos de la ONU es moneda corriente.
También se haría moneda corriente eso: Encontrarnos argentinos casi casi en cualquier rincón de Europa adonde apuntábamos el tren, sin importar que tan chiquito fuera.
..